
El diseño editorial del Número Cero de Grand Alma Book fue mucho más que un encargo; representó un atrevimiento creativo y una maratón de producción que transformó una propuesta inicial de 150 páginas en un volumen de 256 páginas. Esta revista internacional, que navega entre la psicología, el lujo y la cultura contemporánea, exigió una arquitectura visual sólida capaz de cohesionar cerca de 20 capítulos con perfiles tan diversos como científicos, músicos e investigadores. El proceso se desarrolló en apenas dos meses, un tiempo récord que exigió una metodología de trabajo rigurosa y una visión global para no perderse en la magnitud del contenido.
La identidad de la revista se construyó sobre un homenaje tipográfico al legado de Berthold Wolpe, utilizando las familias Wolpe Pegasus y Albertus Nova, que aportan una pátina de sofisticación y cultura. Para equilibrar esta carga histórica, se seleccionó la Franklin Gothic como tipografía de palo seco, generando un contraste contemporáneo y funcional. A medida que el material crecía, la clave para avanzar fue la creación de un sistema de codificación mediante estilos de párrafo y carácter. Este orden técnico permitió gestionar el gran volumen de texto y, a la vez, otorgar la libertad necesaria para jugar con los bloques de texto, rompiendo la rigidez cuando el ritmo visual lo requería.
Este proyecto fue, ante todo, un trabajo de equipo mano a mano con su director y editor jefe, Ariel Déniz-Robaina. A través de reuniones semanales constantes, fuimos tomando decisiones estratégicas que permitieron mantener el flujo de trabajo sin encallarnos. La confianza que Ariel depositó en mi profesionalidad fue el motor que permitió cumplir con un timing extremadamente exigente; él aportó su visión como artista en las portadillas y guiños visuales, mientras yo traducía esa ambición artística en realidades técnicas y tiempos de producción. Aunque el proceso de entender los plazos de proveedores e imprenta fue una curva de aprendizaje para el equipo editorial, el respeto mutuo mantuvo siempre el equilibrio.
La materialidad de la revista fue el último gran reto. Coordiné la producción con Tecnoart para una edición de 200 ejemplares en offset digital, donde la selección de papel fue determinante. Tras explorar diversas opciones, concentramos la potencia táctil en una portada de papel dorado de Fedrigoni impresa en negro, aprovechando los matices de la imagen para que el oro respirase en ambas caras. El diseño se completó con un sutil hilo conductor: una delgada línea de texto conceptual en amarillo ocre que atraviesa las portadillas de toda la publicación. El resultado final fue tan impactante que, al recibir los ejemplares, la emoción desbordó el estudio; un cierre perfecto para una locura creativa que terminó convirtiéndose en una pieza de coleccionista.

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